Fuente: Diario La Nación
http://www.lanacion.com.ar/1011926
Un tren para pocos
Una creencia tan difundida como equivocada lleva a muchas personas a suponer que existe una correlación necesaria y sistemática entre el progreso y la velocidad. Se piensa, erróneamente, que un vehículo o un tren serán tanto más perfectos o modernos cuanto más violenta o rápidamente se precipiten en el espacio. Y se cree, también equivocadamente, que las personas serán cada vez más civilizadas y estarán más cerca de conquistar el futuro en la medida en que puedan cruzar las vías terrestres o aéreas a velocidades cada vez más alucinantes.
Ver el mundo a través de esa simplificación es dejarse ganar por un espejismo que poco tiene que ver con la verdad del crecimiento o el perfeccionamiento social. El progreso debe ser entendido como la capacidad del hombre de ir hacia adelante y no como la posibilidad de desplazarse de un punto a otro con la mayor velocidad imaginable.
Progresar es avanzar hacia formas de vida y movimiento cada vez más equilibradas y eficientes en relación con los fines que persigue la humanidad. Cuando hablamos de progreso, hablamos de avance o adelantamiento social, pero en un sentido metafórico que remite a la idea del bien común, no en la aspiración de alcanzar cada día niveles más agresivos de velocidad.
Estas reflexiones pueden resultar útiles a la hora de analizar la muy discutible función social que habrá de acarrear la anunciada construcción del "tren bala", de cuya incorporación a nuestro sistema ferroviario no cabe esperar, por cierto, ninguna clase de beneficios ni mejoras para los sectores de la comunidad argentina más castigados por el atraso y la falta de dinamismo social.
Se anticipa que el tren bala va a costarle al país unos 4000 millones de dólares y que cubriría un ramal de apenas 710 kilómetros de extensión hasta Córdoba. En ese limitado recorrido, servirá para unir tres centros urbanos importantes en un tiempo ampliamente superior al que tradicionalmente se empleaba en ese trayecto. Se comprende, sin demasiada dificultad, que será un tren destinado a pasajeros de considerable poder adquisitivo y que su trazado no aportará ningún beneficio directo para los pueblos intermedios ni contribuirá a mejorar las condiciones sociales de tantos sectores rurales necesitados de un mejoramiento intenso y sistemático del sistema de transporte que alimenta su debilitada economía y su relación con el país.
El tren bala será, como se advierte, un tren para pocos, que no incrementará la actividad económica en gran escala. Debe tenerse en cuenta que los grandes talleres ferroviarios del país no servirán para el mantenimiento de sus estructuras. Además, el parque y los elementos utilizables para su construcción serán importados fundamentalmente de Francia y de otros lugares del mundo desarrollado. También serán traídos del exterior los repuestos y el instrumental de mantenimiento.
Ante una propuesta que despierta tan pocos incentivos desde el punto de vista del desarrollo social, como es, sin duda, la del tren bala, cabe preguntarse por qué no se emplean los mismos recursos en beneficio de más de un millón de pasajeros que diariamente viajan hacinados en trenes suburbanos cuyas condiciones dejan tanto que desear, a pesar de los subsidios estatales que reciben.
No se trata de oponerse al proyecto del tren bala porque no se pueda imaginar algo distinto o porque se pretenda rechazar cualquier salto a la modernidad. De lo que se trata es de aplicar el sentido común y, de esa forma, solucionar los problemas actuales, tanto en el servicio ferroviario como en otras áreas de interés para la sociedad, antes de emprender obras colosales de dudosa viabilidad.
Estudiar proyectos alternativos, que proponen reemplazar la modernidad aparente y ruidosa del tren bala por la reconstrucción serena y fecunda del ferrocarril histórico, es sin duda privilegiar la inclusión social y un camino para recuperar ese "tren para todos" que una vez tuvimos y que los argentinos necesitamos volver a tener.
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